Me gustaba que anduviera conmigo
por ser rico.
Quería vestidos ridículos
y un móvil.
Me gustaba porque odiaba
la huella torpe, absurda,
como enarcada por un dolor,
de sus pasos en el baile.
Me gustaba.
Compartíamos la casa, a veces
nuestros besos y las mismas
cicatrices
de familia.
Me enojaba, en cambio,
su amor, según decía,
por un corazón tan limpio
como el mío.
Nos distancia el mar o la nostalgia,
o el mar de la nostalgia —no sé—
hay veces que mejor no saber
porque pensar invita a
apoyar el pie
de una manera absurda
y dolorosa.