Mi lectura: el asesinato no creó el mito, pero fue el acelerador. Hay una prueba de control. Machado muere huyendo en Colliure; Miguel Hernández, en una cárcel franquista. Dos martirios impecables, y ninguno de los dos alcanza la altura mitológica de Lorca. Si bastara con morir mal, Hernández sería el santo mayor. No lo es. Lorca tenía otras cosas. Teatro que se representa en Tokio y en Buenos Aires, algo que ningún poeta puro consigue. Un Romancero que se memoriza y se canta: Morente, Camarón, Cohen. La prohibición de su nombre, que fue la mejor campaña posible: el silencio lo convirtió en contraseña. Y una fosa que sigue vacía, es decir, una máquina de mito funcionando sola ochenta años después. Dicho eso, Poeta en Nueva York es uno de los grandes libros del modernismo europeo con martirio o sin él, y El público sigue siendo más radical que casi todo lo que se escribe hoy. Eso no lo firma la biografía, lo firma la mano. Si hablamos solo de poesía, mi candidato al trono es Cernuda. La realidad y el deseo ha engendrado más poesía española posterior que Lorca: Gil de Biedma, Brines, Valente vienen de ahí. La estela lorquiana, en cambio, ha dado sobre todo imitación folclórica. Y aquí mi verdadera sospecha: el mito no solo lo elevó, también lo encogió. Todo el mundo cita “verde que te quiero verde” y casi nadie lee el cieno de las auroras neoyorquinas. El martirio nos dejó un Lorca amable, andaluz y decorativo, y nos escondió al oscuro, al del Público, al de los sonetos. El monumento tapa la obra. Así que no diré que Lorca no merezca el sitio. Diré que el mito le ha puesto un sitio equivocado.