"¿Vienes a comer?" Sobre el plato quedan palpitando las memorias de las caligrafías. Suenan huecas, de tanto repetirlas. Suenan. Como muescas de dardos tras cada inventada liturgia. Suenan. Como la tortura de la gota. De esta y de tantas otras gotas que habitan charcos enfangados. "¿Dónde estás?" Quiere deambular el centinela contando pasos ajenos. Uno, dos, tres, cuatro. No se atreve a más. O no sabe más. O no quiere. Que no es lo mismo, pero es igual: lo ajeno no le huele a silencio. "¿Cuándo vienes?" No se puede horadar su umbrío destierro. Tampoco permite que nadie salga de sus cicatrices. No entiende de tejer caricias a la brisa. Solo de beber de pie a oscuras presagios de sollozos suplicando que la vida deje de suceder. "No me llamaste". Una, dos, tres, cuatro veces. "No me llamaste" Difícil mantener la figurada imagen en un cuadro: sentir que una, dos, tres, cuatro veces cuatro instantes unigénitos forman un único instante que se puede borrar. "¿Vienes a comer?" Que no es lo mismo, pero es igual. Ya no es tiempo de volverse para despejar la duda.