Hay quienes dicen que tener un gato es mejor que un perro porque, sencillamente, “da menos trabajo”. ¡Ja! Cuando tengo que irme de viaje por trabajo o por compromiso (porque por placer el can se viene conmigo) es tan sencillo como llevarlo a la residencia canina —la “escuela de verano” como le gusta llamarla al propietario— o preguntar sin avisar a cualquiera de los voluntarios: mi familia y mis amigos se pelean por quedárselo más que sea 24 horas. Pero, ¿y ella? ¿qué hay de esa encantadora bolita de pelo negra? Pues pregúntenselo a su majestad la princesa Strozzi. Si la dejo con mis padres vomita, no come en 2 o 3 días y rechaza cualquier alimento que no sea atún al natural (el cuál también vomita). Si me la intento llevar es un drama que me deja cerca de visitar el centro de urgencias más cercano. Con suerte mi amigo soltero el enfermero no tiene guardia ese día y puede quedarse en casa unos días (porque no vamos a dejarla sin su comida fresca cada 6 horas).Dejando el drama a parte: la gata es un reloj. Siempre va a los lugares o a los objetos que voy a utilizar minutos antes de que me proponga utilizarlos aunque no haya ritual previo. Si un día, por lo que sea, cambio la rutina, ella va a su lugar… y si escandaliza si ve que no hago lo que siempre hago ese día de la semana.
Desconozco por completo cuanto tiempo puede “registrar” el reloj interno de un gato (aparentemente una semana es lo suyo) pero el caso es que a mí me pasa lo mismo. Si algún día, por cualquier motivo, tengo que alterar mi horario y mi rutina habitual todo se desmorona. Sí, te estoy mirando a ti entrenamiento de Enso Movers. Si la fuerza full body de la mañana tiene que pasar a la tarde caen repes, se alarga todo, parece que el lastre ha doblado su peso. Si la hora de inicio se retrasa un par de horas no hay manera de atinar con las pistols. Si el día de movilidad hay que adelantarlo y cambiarlo por el de carrera de repente el palmas al suelo se convierte en un roce a las rodillas con isquiopatía crónica aguda. Y no hablemos de que en vez de “mañana libre” o “tarde libre” se convierta en “tengo dos horas para entrenar” (que ya quisiéramos todos): solamente el estrés mental ya hace que las repes bajen como el agua de las cataratas del Niágara.
El caso es que cada vez que me pasa lo pienso y digo “solo dos semanas seguidas normales, solo pido dos semanas seguidas normales…” para darme cuenta de que cada semana, en sí, es única. Cuando llenas tu semana de actividades, aún concediéndote horas libres, es inevitable caer en una “rutina”, algo que te gusta y que te facilita entrenar de manera óptima.
Y por otro lado acabo concluyendo que todo influye en el entrenamiento y que, en realidad, afrontar es pequeños “desajustes” de rutina es un ejercicio en sí, un set que vale la pena meter porque te prepara para que el siguiente sea mejor y más eficiente. Y en realidad… los números suben. Siempre que soy capaz de “volver a la rutina” los números suben sin necesidad de un tiempo de adaptación. Así que mi estrategia es siempre la misma: hacer lo que puedo, cuando puedo, y disfrutar de mi rutina cuando la tengo.¿Y a vosotros? ¿Os pasa lo mismo? ¿Tenéis alguna estrategia?