Acostumbrarse
a vivir con el detector de incendios en la boca.
A que cualquier chispa
sea sirena.
A que un “te quiero”
suene igual
que un “ten cuidado”.
Mi corazón no late,
vigila.
Hace guardia en las azoteas
de edificios que todavía no arden.
Me enseñaron
que el abandono no avisa.
Que primero te acaricia
y luego
desaparece con las llaves.
Así que aprendí a correr
antes de que cerraran la puerta.
A romper el jarrón
antes de que alguien decidiera
que estorbaba.
Lo llaman inestabilidad.
Yo lo llamo
meteorología extrema.
Hay días soleados
que terminan en granizo.
Hay abrazos
que me suenan a ultimátum.
Y no es que quiera destruir la casa,
es que nunca supe
cuándo dejaría de ser mía.
Me ponen nombre clínico.
Me ponen cifras.
Me ponen límites.
Como si el alma pudiera archivarse
en una carpeta color sepia
con diagnóstico en negrita.
Trastorno.
Límite.
Personalidad.
Como si yo fuera una frontera
y no un territorio
en guerra consigo mismo.
Siento
como quien camina descalza
sobre cristales invisibles.
Todo es demasiado.
Todo es urgente.
Todo es ahora
o nunca.
Y sí,
amo como si el mundo se acabara mañana.
Porque en el fondo
siempre creo
que se acaba mañana.
Pero hay algo
que no debería doler.
Y es la vida
cuando alguien se queda.
La vida
cuando el mensaje llega.
La vida
cuando el silencio
no significa huida.
Hay algo
más allá del miedo
que no tiene etiqueta
ni código
ni casilla para marcar.
No soy un trastorno.
Soy una alarma
que aprendió a sonar demasiado pronto.
Y aún así —
arde todo lo que toco