Calma que abraza. Hay una calma que se desliza sin ruido, como un hilo de luz atravesando la ventana, como la brisa que hace danzar las hojas y dibuja sombras que acarician el suelo. Se posa en los hombros, suave, cálida, invisible, dejando espacio para respirar profundo, para escuchar el latido propio que nunca miente, que siempre sabe lo que necesitamos. Es la tarde que se estira en dorado, el último rayo que besa la piel, la risa pausada de alguien amado, el aroma del té que envuelve las manos, el murmullo del agua que susurra: “todo sigue, todo está bien”. Esta calma abraza como un manto hecho de tiempo y luz, sin preguntas, sin prisas, solo sosteniendo, solo acompañando, solo recordando que podemos ser nosotros mismos y que, por un instante, el mundo entero puede detenerse para que todo encaje.