Oquedad de palabra. Ese nudo en la garganta de palabra vaciada, no se siente, no se nombra, un «adiós», un «todo pasa». Oquedad de tiempo. La memoria erosionada, momentos que no se fueron que se hundieron hacia dentro, heridas que ya no sangran. Oquedad de lluvia. Vientre de tiempo y agua que una y otra vez vuelve y construye gota a gota lugar para la añoranza. Guardamos un interior preñado de oquedades —entre la nada y el grito— por donde la luz aprende el oficio de la sombra.