Oquedad de palabra.
Ese nudo en la garganta
de palabra vaciada,
no se siente, no se nombra,
un «adiós», un «todo pasa».
Oquedad de tiempo.
La memoria erosionada,
momentos que no se fueron
que se hundieron hacia dentro,
heridas que ya no sangran.
Oquedad de lluvia.
Vientre de tiempo y agua
que una y otra vez vuelve
y construye gota a gota
lugar para la añoranza.
Guardamos un interior
preñado de oquedades
—entre la nada y el grito—
por donde la luz aprende
el oficio de la sombra.