La tarde pierde frescura;
muere muy suave la brisa.
Termina en calma esa prisa
que odia el agua, con hondura.
Lenta, se enciende la oscura
voz del río, en un rincón
triste de su desazón.
Sólo el aire mientras cede,
es el soplo donde puede
amansar su corazón.