Estoy muy contenta porque un relato y un poema que he enviado recientemente a la editorial Rubín han sido seleccionados para una próxima Antología que se publicará en Noviembre. Os muestro el poema, espero os guste: La playa de los pobres Trescientos cincuenta días nos separan, trescientos cincuenta días en los que me despierto con tres alarmas, como tres intentos de levantar el cuerpo y activar mi vida, para buscar un motivo y vestirme de hábito, arrancarme de cuajo de esta maldita cama. El trabajo se hace denso, de una espesura parda y áspera como una corteza. El mecanismo es automático: acumular papeles y cambiarlos de sitio, sellar, doblar, meter datos, arañar cifras y nombres, que acaban siendo líneas filiformes sin personalidad. En cajas y más cajas de engrudo Sentada con el rigor mortis de la posición de espera, la llegada de las tres para poder liberarme de la mañana. Mirar el reloj a los ojos no consigue amedrentarlo. Y cállate porque tengo suerte de tener trabajo. De ser esclava, si, pero con dinero. La tarde se vuelve predecible: el reclamo de la casa, la compra, el cuidado que nunca está para mí. La noche es soltar el aire cuando los niños duermen, y quedarme a solas con el consuelo del agua, que sueña la ducha con ser de sal, para limpiarme del peso del día. El calor vuelve y con él planeo un cambio, sueño con arena, paseos, un mar de júbilo, y alquilo otro día para conseguir el premio, el descanso que parece que nunca llega. Aparece Julio, con el corazón desbocado, la maleta hecha, el bañador listo y la sombrilla, apretada en su funda tras la puerta, amenazante como una escopeta. Tan sólo cuatro horas me separan del limbo, de la promesa de tener la mente en color azul cielo y que se silencian suavemente las voces, como se pierde el sonido del barco, cuando se adentra en altamar. Sincronizo mi cuerpo al sentir de la marea, Un vaivén que me roza y me invita a tomar aire cuando el agua se aleja, y soltar, cuando se desparrama el agua en mis pies.