TELARAÑAS EN LA LIBRETA
Hay épocas en las que una está sin estar. Sigues funcionando, contestas, cumples, pero por dentro te mueves como el recuerdo de alguien que vivía aquí. El rincón donde escribías se queda quieto, la libreta cerrada, y un día levantas la vista y ves que se ha llenado de polvo y de telarañas que llegan hasta la ventana. No fue de golpe. Fue diciendo "mañana" doce veces seguidas.
A mí la incertidumbre antes no me podía. Peleaba con ella cada día y le ganaba. Ahora me las gana casi todas, y he tenido que escribir esto para entender por dónde se me estaba colando.
¿A alguien más le está pasando últimamente? Contadme en comentarios, que creo que somos más de los que parece.
TELARAÑAS EN LA LIBRETA
Llevo días existiendo como existe el recuerdo de un fantasma.
Estoy y no estoy.
Alguien pasa la mano por donde debería haber alguien
y solo encuentra el frío
y un poco de polvo levantándose.
en el rincón
donde me sentaba a soltar el alma
hay ahora
una telaraña
que llega hasta la ventana
la tejieron
las noches
en las que no vine
La libreta sigue allí, abierta por la página que dejé a medias.
Las hebras la cosen a la pared, al alféizar, al cristal,
como si la casa entera hubiera decidido enterrarla en vida,
y sobre el papel hay una capa gris, suave, casi bonita,
la pelusa que crían las cosas
cuando ya nadie las nombra.
La bestia no vino de fuera.
Se echó encima despacio, como se echa el sueño a mediodía en agosto.
No tiene garras. No tiene dientes.
Tiene peso.
Se me sentó en el pecho con una amabilidad terrible
y me dijo "mañana",
y yo dije "vale".
Y al día siguiente me dijo "mañana"
y yo volví a decir "vale".
Y así doce veces. Y así un mes.
Y ahora tiene mi forma, se pone mi ropa, contesta por mí,
y cuando me acerco al rincón
ella ya está sentada en mi silla
con la libreta cerrada sobre las rodillas
diciendo, con mi voz,
que hoy tampoco.
Antes la incertidumbre y yo peleábamos cada mañana.
Le ganaba.
Salía a la calle con las manos vacías y volvía con algo.
No sé en qué momento se dio la vuelta la cosa.
No sé qué día dejé de pelear y empecé a esconderme.
¿Se gasta el valor?
¿Se acaba, como el aceite de una lámpara?
¿O solo está debajo de todo esto, tapado, esperando a que alguien barra?
Lo pregunto con las manos, que es donde vive lo que sé hacer.
Las manos no contestan.
Pero tiemblan.
Y temblar no es estar muerta.
Hoy me acerqué al rincón.
Pasé el dedo por la telaraña.
Se rompió sin ruido.
Tan poca cosa.
Tantos días temiéndole a algo
que se deshace
con un dedo.
Debajo, la libreta.
La abrí.
Olía a cerrado, a papel que esperó.
Y el miedo dijo lo de siempre, "no vas a tener nada que decir",
y la bestia se removió en mi pecho,
y yo, en vez de discutir con ellos,
hice lo único que siempre me ha salvado:
escribí la primera frase fea.
Una frase torpe. Sin brillo. De las que se tachan.
Pero mía.
Y con ella se movió algo debajo del esternón,
algo pequeño que llevaba semanas sin moverse,
y la bestia, al notarlo, levantó un poco el peso.
Solo un poco.
Lo justo para respirar hondo una vez.
No he vuelto.
Estoy volviendo.
Que es otra cosa, y más lenta, y más real.
Mañana me sentaré otra vez en ese rincón.
No a escribir algo bueno.
A escribir.
Porque a la bestia no se la vence.
Se la cansa.
Una frase fea cada día
hasta que se aburre de esperar
y se va a sentar
al pecho de otra.
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Rebeca Saray
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TELARAÑAS EN LA LIBRETA
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