Mi historia con el colesterol (y con entender mi cuerpo)
Mi relación con el colesterol empezó de una forma bastante común. Me hice una analítica de sangre y apareció el famoso aviso: colesterol alto. En concreto, el LDL. Yo tenía un valor de 160 cuando, según los rangos “oficiales”, el límite estaba en 150. La médica que me atendió no me habló de medicación, por suerte. Me recomendó algunas cosas “naturales” para bajarlo. Hasta ahí, bien. Lo que no olvidaré es lo siguiente: cogió el papel de la analítica, tachó delante mía el 150 y escribió un 100. Y no me explicó nada más. Ni qué era realmente el LDL. Ni por qué ese objetivo. Ni cómo se suponía que debía llegar de 160 a 100. Nada. La sensación que me llevé fue rara. Una mezcla de desconfianza, frustración y miedo silencioso. Porque cuando no entiendes lo que te pasa, pero te dicen que tienes “un problema”, la cabeza se va sola al futuro: a hacerlo crónico, a empeorar con la edad, a algo que falla en ti. Y encima, sin acompañamiento. Aun así, aquello sí tuvo un efecto positivo: me hizo tomar conciencia de que algo tenía que cambiar. No recuerdo si fue por la propia médica o porque empecé a preguntar, leer y apoyarme en la inteligencia artificial, pero hubo una idea que se me quedó grabada: el ejercicio. Yo siempre he sido bastante flojo para moverme, así que aquello era una asignatura pendiente desde hacía años. No empecé directamente con musculación. Durante los primeros diez meses hice algo mucho más simple: cinta. Iba al gimnasio tres o cuatro veces por semana. Caminaba unos 15 minutos, luego corría otros 15 o 20, y acababa caminando de nuevo unos 10 o 15 minutos. Hacía un poco de abdominales en una máquina… y me iba. Eso fue todo. Y fue suficiente para empezar. Esos ratos en la cinta se convirtieron también en tiempo para escuchar podcasts, aprender, hacerme preguntas, hablar con la IA sobre salud. Ahí descubrí conceptos que no conocía, como el VO₂ máx, una métrica que mide la capacidad cardiovascular y que tiene mucha relación con la salud a largo plazo.