El reloj marcaba las tres de la mañana y la habitación respiraba paz. O al menos eso creía yo. De repente, rompiendo la calma de la noche, apareció en escena el travieso vampiro de dos milímetros: un mosquito cabreado, con aires de grandeza y cero ganas de dejarme dormir. Había entrado a mi dormitorio con un objetivo claro: convertir mi piel en un bufé libre. Mi primera reacción de defensa fue la clásica de cualquier cobarde digno: me tapé con la sábana hasta la cabeza. Pero el calor empezó a apretar y la dignidad volvió a mi cuerpo. «Hasta aquí hemos llegado», pensé. Me puse valiente, destapé la cara y decreté oficialmente el inicio de la guerra. A armamento no me ganaba nadie. Agarré mi mejor arma: una almohada preciosa, mullida pero con el peso perfecto para infligir justicia poética. El enemigo cometiola imprudencia de posarse en la pared, totalmente distraído. Me quedé helado, paralizado, midiendo la distancia como un cazador nocturno. Era el momento de actuar. Con toda la rabia acumulada de quien quiere dormir, le lancé la almohada con una fuerza desmedida. ¡ZAP! La almohada impactó contra la pared. Polvo en el aire, un cuadro un poco torcido... y el tipo flotando a diez centímetros de mi nariz. No solo sobrevivió, sino que juraría que el zumbido sonaba a carcajada. El muy sinvergüenza se estaba riendo de mi intento. Y de nuevo, el odioso zzzzz resonó en mis oídos mientras el minúsculo drakula buscaba un nuevo punto de aterrizaje. Esperé paralizado en la cama, fingiendo estar dormido para atraerlo a la trampa. Segundo intento, manotazo al aire... y segundo fallo catastrófico. Como premio a mi mala puntería, sentí el clásico picotazo traicionero en el tobillo. La victoria momentánea era suya. El picor comenzaba a brotar, pero mi terquedad es infinitamente más grande que su apetito. No me iba a dejar dormir, vale, pero yo soy muy cabezón. Armado de una paciencia legendaria, me dije que no pararía hasta arrancarle el aguijón. Enciendo la luz del móvil, lo enfoco con la pantalla y ahí está de nuevo, volando en círculos victoriosos. Cojo una revista enrollada, calculo su trayectoria y vuelvo a intentar el remate final con todas mis fuerzas...