Nuestra relación con el resto de animales
Hola amigos! Me gustaría compartir esta reflexión sobre nuestra relación con el resto de animales, en especial las mascotas. La relación con nuestras mascotas suele revelar más sobre nosotros que sobre ellos. Durante mucho tiempo se ha impuesto una visión muy jerárquica: el humano arriba, el animal abajo. Como si nosotros fuéramos “seres de luz”, racionales, completos… y ellos simples accesorios emocionales, juguetes vivos o, en el mejor de los casos, propiedad. Pero cuando convivimos de verdad con un animal, esa narrativa se cae sola. No son “inferiores”, son otros. - Nuestras mascotas no son versiones incompletas del ser humano No les falta algo que nosotros sí tenemos. Tienen otra forma de estar en el mundo: sienten, recuerdan, establecen vínculos, sufren pérdidas, muestran alegría, miedo, apego, celos, etc. La ciencia ya no discute esto; lo interesante es que mucha gente lo sabe… pero sigue actuando como si no fuera cierto. - El problema de verlos como juguetes Cuando vemos a un animal como un juguete o un complemento: su sufrimiento se minimiza (“no pasa nada, es un perro”), su autonomía se ignora, su presencia se vuelve condicional: mientras me entretengas, mientras no molestes. Ahí aparece el abandono, la negligencia, la falta de empatía. No por maldad explícita, sino por deshumanización (aunque la palabra suene paradójica). - Verlos como semejantes no es “humanizarlos” Aquí hay un matiz clave: verlos como semejantes no significa proyectarles nuestras categorías humanas, sino reconocer que: son sujetos, no objetos, tienen una experiencia del mundo válida, merecen respeto por lo que son, no por lo útiles o adorables que resulten. No hace falta que un animal escriba poemas o programe en C++ para que su vida tenga valor. - La falsa superioridad moral humana La idea de que los humanos somos “seres de luz” es bastante frágil cuando: destruimos ecosistemas, maltratamos a otros humanos, justificamos el dolor ajeno si nos beneficia.