Sobre la disonancia cognitiva
¡Hola lipseros! Hoy quiero hablaros sobre la obstinación ideológica, la negación de la realidad y el mecanismo de autodefensa conocido como disonancia cognitiva. Una de las mayores paradojas del ser humano es su capacidad para aferrarse a ideas que han sido demostradas como falsas o incluso perjudiciales, aun cuando la evidencia en contra es abundante, clara y accesible. Esta obstinación a no revisar creencias no es solo una cuestión de ignorancia, sino un fenómeno profundamente humano, ligado a la identidad, al miedo y a la necesidad de pertenencia. Las ideologías y creencias no suelen vivirse como simples opiniones, sino como pilares que sostienen nuestra visión del mundo y de nosotros mismos. Cuestionarlas puede sentirse como una amenaza personal: aceptar que una idea central es errónea implica reconocer que hemos podido contribuir al daño, haber sido engañados o haber engañado a otros. Para muchas personas, ese coste emocional resulta insoportable. Aquí entra en juego la negación de la evidencia. Cuando los hechos contradicen nuestras creencias, no siempre revisamos estas últimas; con frecuencia hacemos lo contrario: desacreditamos los datos, atacamos a la fuente o reinterpretamos la realidad para que encaje en nuestro marco previo. Este mecanismo, conocido como disonancia cognitiva, actúa como un escudo psicológico que protege la coherencia interna, aunque sea a costa de la verdad. El problema es que esta actitud no se queda en el plano individual. A nivel social, la obstinación ideológica frena el progreso, perpetúa injusticias y normaliza prácticas dañinas. Cuando una creencia falsa se mantiene por lealtad al grupo o por tradición, la evidencia deja de ser una herramienta de mejora y pasa a verse como una amenaza que hay que silenciar. Cambiar de opinión no debería interpretarse como debilidad, sino como una muestra de madurez intelectual y ética. Revisar creencias a la luz de nuevos datos es una de las bases del conocimiento humano y del avance social. Negarse a hacerlo, en cambio, nos condena a repetir errores y a construir discursos cada vez más alejados de la realidad.