I ¿Quién no anda recorriendo sus pasados? Cuánto calor, qué noche tibia. Di, ¿cuánto tiempo borra una calesa viajando por memorias y rencores? Jadeando despedimos a un enfermo. ¿De quién es el esfuerzo y la memoria? II La noche tibia, ¿el día?, de friolentos. Las coloridas, ¿te hacen olvidar costumbres y pasiones y a veintiséis confederados? III Ser libre: agarra-besos y fermatas, colaborando en dramas tragi-cósmicos. Que se revuelva el universo lácteo, te llama al recorrer un monte: ¡locura vana, —la perenne—, háblele, apele al desequilibrado! ¡Qué liberalidad!, la noche tibia dándole recorridos al grito maternal. IV Libres, si fuéramos abandonados. ¿Recorridos?, tal vez, a lo mejor por el andén o la vía infinita —¿que, qué?— que nos lleva de la A a la griega. V ¿Soy libre para decaer en la generalización de un grito, un llanto y un insulto? Dios me libra, la María está a salvo, ¿quién para encarcelar la religión? VI Dejemos contemplar lo que aprisiona para mirar, palpar y oler el porvenir y la inmortalidad —con pensamientos malolientes—. Olidos sean. VII Saborear la frambuesa sin otoño es dar un primer beso, es arrojarse al vacío, filmando una sonrisa mientras sonreímos por nuestra oscuridad. VIII Tiniebla y coloridas: ¿qué pintorrea el aprisionamiento o la ocurrencia? Salgamos hoy, devolviendo y recorriendo al par de horas que nos mantienen sin saber del mucho o poco tiempo transcurrido desde sus últimos toques de queda.