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Llega el momento.
El reloj sigue avanzando y los granos de arena caen lentamente, uno detrás de otro, recordándome que el tiempo está pasando.
Y hoy entiendo que no es la falta de tiempo lo que me ha detenido.
Ha sido el miedo.
El miedo a mirar mis sombras de frente.
A abrazarlas, a reconocerlas como parte de mí y descubrir que quizá, detrás de ellas, siempre estuvo mi propia luz.
El miedo a romper el silencio en el que acostumbré a mantener mi alma.
A decir lo que siento.
A mostrarme sin tantas explicaciones, sin máscaras, sin intentar parecer aquello que los demás esperan de mí.
Me doy cuenta de que he pasado mucho tiempo protegiéndome.
Y no quiero juzgar a esa mujer que fui.
Todo lo que hice me trajo hasta aquí.
Así sobreviví.
Así me protegí.
Así encontré los refugios que necesitaba cuando no sabía cómo sostenerme de otra manera.
Por eso hoy no quiero pelear con mi pasado.
Quiero agradecerlo.
Pero también quiero aceptar que algunas formas de sobrevivir tienen fecha de caducidad.
Y creo que la mía llegó.
Hay cosas que ya no quiero seguir cargando.
Miedos que ya no quiero alimentar.
Silencios que ya no quiero habitar.
Versiones de mí que alguna vez fueron necesarias, pero que hoy ya no me representan.
Quizá por eso esta imagen se rompe.
Porque algo dentro de mí también está rompiéndose.
Y aunque todavía tengo miedo,
Hoy quiero permitirme atravesarlo.
Quiero dejar caer las partes de mí que ya cumplieron su propósito.
No sé exactamente quién voy a encontrar después de hacerlo.
Pero por primera vez,
no necesito tener todas las respuestas.
Solo necesito dar el paso.
Hoy decido hacerlo.
Por mí.
Para mí.
Dejar morir aquello que ya no soy
para darle espacio a aquello que todavía puedo llegar a ser.
Hoy no quiero morir de verdad.
Quiero morir a mis viejas formas de sobrevivir.
Hoy decido morir para vivir.
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