Guardé un atardecer
para cuando amainase la tormenta,
junto a tibias caricias
envueltas de un quizĂĄs.
DetrĂĄs de nuestro sol
aĂșn pueden transparentar estrellas
que, con su voz, fascinen a los truenos
y nos silben de nuevo
los sueños al oĂdo.
Un dĂa fuimos agua,
fluimos de una nube
desde la que no supe contener
lĂĄgrimas ni relĂĄmpagos.
LĂĄstima, pudimos ser lluvia eterna
y acabĂł siendo barro.
Al ocaso te espero,
junto al borde del charco
donde veo ahogarse el arco iris.