Un chaval tumbado sobre una tabla blanca de surf
a pocos metros —me da el mar por el cuello— navega
hacia la izquierda, mientras un velero de lejos
avanza en estribor cara al faro. Instantes en que su colisión
empieza y acaba
—navegante tabla que ni a las velas mira;
asombro ligero de translúcida tela e ilusión óptica
sobre joven torso a la deriva—.
Zambullen ellas su presente etéreo sobre surfista tumbado.
Un poco más y se despiden.
Entra impoluto al puerto desde la bahía y toca aún
un pie que avanza al revés, acantilado a babor
de mi cuadro acuático.
Observo el fin de la instantánea entre la osada esperanza
del náufrago improvisado y el prudente trasiego que arriba.
Son las 20 hrs,
no habrá mejores tomas.Sigo nadando
sin tabla, la tabla azul
esmeralda.