Rosa, que sin tocar ves mi temblor,
mar en el que jamás nadie te alcanza,
clara y sin ofuscar tú me recibes,
vivo de lo que en ti guarda misterios.
Viento, que sin quemar das mi ceniza,
noche que por tu voz pierde sus muros,
siento mi claridad bajo tu lumbre
y ardo sin retener hielo en mis ojos.
Ángel, que sin volar muerdes la culpa,
tiembla mi eternidad bajo tus roces
y entro sin consumar sed en tus mitos,
hundo mi corazón contra tu nieve.
Musa, que con mi piel lloro tu ausencia,
libre de comprender cruzo mi sombra,
dejo tras mi canción paz en tus manos
y alzo mi soledad dentro del aire.