Le doy mi faz perdida y seca, sobre el rostro, su lengua lame un barco hundido en mares bravos, denuncio ofensas, nadie sabe cuánto abarca su olor, su sien, sus muertos bajo tantas losas. Fusiono el cuerpo gris que llevo anclado a tierra y busco en cada ojal la cruz que abrasa el agua, el llanto suena hueco, y guarda dentro un huésped que vive bajo llave y duerme cuanto sueña. Me alerta un roce leve y clava en mí su piel, ofrezco un pacto de oro, pero pide más de mí: la luz, la mar, la fe, la infancia sorda; el trance cede y todo invoca espectros, todo. Mi puño aprieta el lápiz, cruje un bosque viejo, la tinta deja astillas donde trazo un signo, y veo cada letra suelta en versos libres, sagrado semen virgen, mente y ser unidos.