Bailad, quemad las horas, alguien tiene que alimentar el aliento, pues vuestra muerte es la vida. El arpa enajenada moldea cada minuto y gota del sufrir; viene a comer de una mano la rémora que engorda con tinta de alabastro, revestida de eternidad. No deis las gracias por la diosa, vuestro olvido es su deuda, y si preguntan por el amor enseñadles este verso: un animal disecado que incuba en la tierra, con los ojos de vidrio tan cortados que parecen gemir instintos. Seréis un rumor de formas sospechosas, dos relatos mal cosidos por un guion. Quien os llore os amará de oídas, como se desean los países sin lugar.