El tiempo pasa, el odio permanece
sumergido en caminos ya perdidos
que amortajan el cuerpo y las cadenas.
Vastas invocaciones se conjuran
siglo tras siglo; fuerzas desatadas
ardiendo por doncellas evasivas,
por poetas de lenguas multiformes.
La ira transmuta en caos el color
del hueso roto, y en púrpura violeta
de azul prohibido; rabia concentrada
en milenios de luchas sometidas
que abrazan la pasión ultraterrena.
Ya vienen los heridos, se atormentan
con un espacio pálido que ofusca
a las sombras, belleza de los fuegos,
para que lloren justos y asesinos;
y así serán los duelos por la ofensa,
muertos a latigazos entre aladas
percusiones de sueños profanados.