La noche cae lenta sobre el río
y en su rumor se duermen los reflejos;
la sombra tiende velos ya más viejos
sobre el latido oculto del vacío.
Algo feroz me roza con su brío
y arrastra antiguos sueños, ya perplejos;
se quiebran, como vidrios entre espejos
los ecos de un callado desvarío.
Mas surge, en lo profundo, una luz breve,
temblor de voz que al alma se le entrega
y nombra lo que el tiempo no se atreve.
Así la herida canta y no se niega,
y en ese dolor, que arde y no se mueve,
halla la forma exacta en que se pliega.
Iñaki Hernán