El martes se cayó de espaldas
sobre una tostadora filosófica.
Yo aplaudí.
Los semáforos también aplaudieron
con sus manos verdes amputadas.
Todo arde.
Arde la corbata que nunca aprendió a decir “padre”.
Arde la cuchara que excavó sopa en mi infancia.
Arde el reloj, ese carnicero
que me cortó en rodajas los abrazos.
Ja.
Un pez de mármol fuma debajo de mi lengua
y dicta decretos absurdos:
—Prohibido recordar los lunes en que alguien se fue
con una maleta llena de dientes.
Yo obedezco.
Me quito los zapatos.
Les salen alas.
Todo arde.
Arde la palabra “siempre”
como un insecto eléctrico dentro de un vaso.
Arde la fotografía que aún respira
cuando la cierro en el cajón de los calcetines huérfanos.
He plantado una silla en el jardín
para ver si crece alguien sentado en ella.
Pero solo florece el hueco.
(El hueco tiene tu forma,
pero no sabe pronunciarla.)
Río.
Río como una licuadora llena de relámpagos.
Río porque si no
el humo me escribiría por dentro
tu nombre con tizas de hospital.
Todo arde.
Y debajo del incendio
hay una pecera diminuta
donde nada un pañuelo.
Nadie lo ve.
Es transparente.
Pero a veces
cuando el fuego se descuida,
algo gotea.
Y no es gasolina.