La dueña de mi mente,
mi querida nereida poseída,
cercenas los amores
que asaltan númenes perdidos, bebes
las estrellas ocultas
rebosantes de fuerzas olvidadas,
visiones que perforan el quebranto
y el deseo extinguidos.
Niegas a todo amigo tu presencia,
divina potestad
de quien se atreve a estar
sola, sin queja o llanto.
Tú eres el contenido de mi espíritu,
me das vigores en la oscuridad,
fulgores derrocados
privados de materia
impura, senos perfectos, curtidos
en tu amado avatar
que florece abatido en lo profundo.