Aprendo siempre
las mismas cuatro heridas
y las vuelvo a olvidar:
pesos pasados
hundidos en el fango
del sueño movedizo
del lecho más profundo,
que elevan sus raíces capilares
olisqueando hacia la superficie,
frenando los molinos
ocultos en esquivos
rincones de la infancia
que tratan de moler
los restos de esos años,
minas flotantes
hechas casi jirones,
desperdigadas por
las bacantes que, ciegas
de entusiasmo inhumano,
llegaron hasta el hueso del asunto
y no me lo dijeron: no supieron
decidir en qué idioma
podría comprenderse.
Son las cuatro de siempre,
las de antes de que antes
se organizara en brumas
y en dolores concisos, claros, secos,
como en los mapas
de un cartógrafo ciego
que rascó sus senderos y fronteras
sobre papel ya usado y sin saber
que no quedaba tinta en su tintero.
Las cuatro sin tocarse y bien atadas
por tajos que en el tuétano
separan la semilla
del desperdicio
que la alimentará
y lo entregan a manos
de una corriente antigua y mortecina
que a desgana lo empuja,
sembrando tras de sí un sedimento
bajo en oxígeno,
crudamente inefable,
donde nunca podría crecer nada,
con algo inconfesable
que acecha en el silencio entre las sílabas,
la abrasión del arrastre del ahora.