Me dijo que me amaba, y que ese beso,
como un ángel de fósforo abatido,
en el ciego trasunto del olvido,
curaría mis llantos sin regreso.
Habría sido un hito,
el hallar con sus ojos
a los míos, tan solos
en un reino cautivo.
Inmenso fue el tormento en mi proceso
y el duelo que habitaba en su alarido,
en el alma de un sueño fenecido
abracé mi destierro en el deceso.
Fue por ese martirio
de sus besos de plomo
que me encuentro en el fondo
de mi eterno vacío.