Reina el imperio sangriento, la tierra se nutre de muerte,
ruge la fiera en el barro siguiendo a su presa.
Abre la guerra su herida que el trueno jamás cicatriza,
sed que devora los mares sin nunca saciarse.
Brilla en su frente morada la joya maldita del odio,
frígida duerme en el puño la espada sin dueño.
Nadie descansa: la sombra nos muerde la vida desnuda,
algo en las venas reclama la mano que abriga.
Pálida nace en la grieta del hierro la flor de la tregua,
trémula queda a merced del linaje nocturno.
Pocos la guardan; el odio sediento de furia la pisa,
dulce florece en los brazos que saben mecerla.
Arde el dolor escondido que cura las almas heridas,
vence a las llamas enfermas sin cuerpo y sin miedo.
Cae sin él la esperanza, renace por él lo perdido,
solo el amor sin palabras nos salva del mundo.