Como todos saben, dejé los antidepresivos de golpe, como quien abre una ventana después de años viviendo dentro de una casa sin amaneceres. Y aunque hoy camino más ligera, más viva y más feliz, todavía quedaba una pequeña sombra sentada al borde de mi cama: el ansiolítico para dormir.
Durante años confundí el insomnio con la enfermedad. Creía que una noche despierta era un presagio oscuro, una grieta en el alma, una señal de que algo dentro de mí estaba roto. Cada vez que abría los ojos en mitad de la madrugada sentía que el miedo se sentaba a mi lado, silencioso, como un animal antiguo respirándome en el pecho.
Pero esta noche ocurrió algo distinto.
Cuando empezaba a hundirme otra vez en el malestar por no poder volver a dormir, el universo, que tiene maneras misteriosas de hablarnos cuando ya no sabemos rezar, puso un mensaje de Víctor en mi camino. Abrí la oración budista que compartió… y fue como si alguien hubiera encendido una lámpara dentro de mi corazón.
La habitación seguía siendo la misma. La noche seguía oscura. Pero yo ya no era la misma mujer acostada en aquella cama.
Sentí una paz tan profunda que quise quedarme a vivir dentro de aquella oración para siempre. Como si cada palabra barriera lentamente el polvo del miedo acumulado durante años. Como si el Espíritu Santo hubiera entrado descalzo en mi mente para abrir las ventanas y dejar salir todas las sombras que yo había confundido con la verdad.
Y entonces comprendí algo: cuando expandimos la conciencia, el sufrimiento deja de parecer un castigo y se convierte en un mensaje.
El malestar no venía a destruirme. Venía a mostrarme las mentiras que todavía seguía creyendo.
Y cuando ya no podemos sostener el miedo solos, Dios siempre encuentra la manera de enviarnos una señal: a veces llega en forma de oración, a veces en forma de música, a veces en la voz de otro ser humano que, sin saberlo, se convierte en puente entre el cielo y nuestra herida.
Porque el amor de Dios tiene la costumbre de aparecer justo cuando creemos que estamos perdidos.
Y esta noche entendí que nunca estuve sola. Solo estaba dormida dentro del miedo.