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Oración milagrosa
Siempre que la vida prepara un gran cambio, parece que manda un viento a sacudir los cimientos y hacernos creer que nada ha servido. Hoy mi cuerpo estaba encerrado en una pequeña tormenta de fiebre y malestar, pero mientras escuchaba la oración de Samantabhadra sentí que algo abría una ventana dentro de mí. Me dormí entre sus palabras y, al despertar, parecía que la tormenta ya había seguido su camino. Qué misteriosas son algunas manos de Dios cuando deciden acariciarnos el alma.
QUIERO VERME COMO DIOS ME VE.
Hoy, mientras elegía las fotografías para contar el viaje con el que atravesé la niebla de la depresión, sentí que cada imagen era una ventana abierta a una vida que siempre estuvo llena de bendiciones, aunque yo caminara por ella como quien cruza un jardín con los ojos vendados. La abundancia había estado allí, silenciosa y paciente, rodeándome como el mar rodea a una isla, pero el ego me había enseñado a mirar únicamente aquello que creía que faltaba. Vi entonces a aquella mujer hermosa que siempre he sido y comprendí con ternura cuánto tiempo vivió creyéndose insuficiente. Pensaba que su cuerpo debía ser distinto para merecer amor, que su talento no era real, que sus logros eran un accidente y no el fruto de una luz inmensa que habitaba dentro de ella. Me había creído la mentira de que no era capaz, de que no era digna, de que no era suficiente… y, sin embargo, en cada fotografía aparecía la evidencia de una mujer llena de vida, de belleza y de fuerza, aunque ella misma no pudiera reconocerlo. Hoy, en esta etapa donde la madurez y la sabiduría empiezan a florecer como árboles después de la lluvia, todavía me cuesta mirarme con ojos verdaderos. A veces la vieja voz regresa y quiere convencerme de que debo cambiar para ser amada. Pero ya no deseo seguir viendo el mundo desde el miedo. No voy a renunciar al aprendizaje de mirarme con los ojos de Dios: no voy a renunciar a regalarme días llenos de propósito y buenos hábitos, para elevar mis estándares pero aiempre viéndome con esos ojos que no corrigen, no comparan y no condenan… esos ojos que simplemente aman y recuerdan que ya éramos perfectos desde el principio. https://youtube.com/shorts/nMluRARrz7w?si=i0mDFc7pQvw7iU62
El cuerpo Habla.
Ayer apareció un dolor agudo en mi espalda, de esos que llegan cuando el cuerpo intenta decirte lo que el alma todavía no quiere escuchar. Aunque mi ego seguía contándome que todo lo que había hecho no era suficiente, anoche decidí parar, poner una meditación de “dejar ir” y descansar. Y como un pequeño milagro, conseguí dormir sin dolor. Esta mañana, mientras conducía escuchaba a Saray Rivera cantar que nuestro Padre es el Rey, sentí una conexión inmensa con Dios y con mi padre, que partió hace menos de cuatro meses y deje que las lágrimas rodarán por mis mejillas,acariciándome el alma. Más tarde fui a acompañar a Sarito, la madre de una de mis mejores amigas, y allí estaba también mi querida Carolina Gómez, que curiosamente se llama exactamente igual que yo porque Dios lo quiso así. Mi espalda volvió a bloquearse y tuve que permitirme algo que todavía estoy aprendiendo: dejarme cuidar. Durante la sesión de Reiki que me hizo Carolina apareció la imagen de mi padre y me emocioné profundamente. Este camino me está enseñando que sanar también significa escuchar al cuerpo, soltar la necesidad de hacerlo todo perfecto y entender que no siempre los resultados nacen de correr más rápido. A veces los milagros aparecen en la calma, en la pausa y en la entrega. Hoy toca dejar ir, descansar y aceptar con amor la realidad que Dios creó para mí. Feliz día, amados hermanitos https://open.spotify.com/track/2bMO5UTkMb1e3XUgAyZ1uO?si=cmSK9UUcQFa9acqHS1Ek8w
DIOS ESTA EN TODAS PARTES
Ayer celebrábamos los veinte años de Sarita, mi primita segunda, aunque Dios decidió dejarle para siempre el cuerpo pequeño de una niña y el alma intacta de un bebé. Hay seres que no envejecen porque nacieron para recordarnos la pureza que el mundo olvida. Fuimos al sur y, como si el universo quisiera escribir una metáfora luminosa, coincidimos con el Gay Pride. Y mientras las calles se llenaban de música, colores y cuerpos danzando bajo el sol, me di cuenta de algo hermoso: mi nueva identidad ya no necesitaba perderse para sentirse libre. Ya no había vacío que llenar con alcohol, ni tristeza disfrazada de fiesta. Esta vez bailé despierta. Bailé presente. Bailé en paz. Y Sarita… Sarita se convirtió en la reina absoluta de aquella celebración. Caminaba detrás de las carrozas moviendo su abanico como una princesa antigua enviada por Dios para bendecir la alegría. Todo el mundo se detenía al verla. Le regalaban flores, abanicos, besos en las manos, sonrisas sinceras. Y ella lo recibía todo con esa inocencia que desarma cualquier defensa humana. Era imposible mirarla y no recordar que el amor existe. Pero el verdadero milagro llegó al volver. Entre la música lejana y las calles todavía agitadas, vimos a un muchacho tirado en el suelo. La gente pasaba a su lado como si fuera invisible. Algunos incluso lo esquivaban sin mirarlo. Y entonces Raquel, mi amiga, que es enfermera y tiene el corazón entrenado para salvar vidas, se arrodilló junto a él. Le dio agua, comida, cuidado, dignidad. Mientras observaba aquella escena entendí algo profundamente sagrado: Dios no está solamente en los templos, ni en los discursos espirituales, ni en las frases bonitas. Dios estaba allí, arrodillado en el suelo, sosteniendo a un desconocido a través de las manos de mi amiga. Y lo más hermoso fue ver a Sarita acercarse despacito al muchacho, sentarse a su lado y empezar a abanicarlo con preocupación, como si su alma supiera exactamente qué hacer. Me miraba con esos ojos llenos de ternura infinita, y en ese instante comprendí que las personas más “inocentes” suelen ser las más despiertas.
Insomnio.
Como todos saben, dejé los antidepresivos de golpe, como quien abre una ventana después de años viviendo dentro de una casa sin amaneceres. Y aunque hoy camino más ligera, más viva y más feliz, todavía quedaba una pequeña sombra sentada al borde de mi cama: el ansiolítico para dormir. Durante años confundí el insomnio con la enfermedad. Creía que una noche despierta era un presagio oscuro, una grieta en el alma, una señal de que algo dentro de mí estaba roto. Cada vez que abría los ojos en mitad de la madrugada sentía que el miedo se sentaba a mi lado, silencioso, como un animal antiguo respirándome en el pecho. Pero esta noche ocurrió algo distinto. Cuando empezaba a hundirme otra vez en el malestar por no poder volver a dormir, el universo, que tiene maneras misteriosas de hablarnos cuando ya no sabemos rezar, puso un mensaje de Víctor en mi camino. Abrí la oración budista que compartió… y fue como si alguien hubiera encendido una lámpara dentro de mi corazón. La habitación seguía siendo la misma. La noche seguía oscura. Pero yo ya no era la misma mujer acostada en aquella cama. Sentí una paz tan profunda que quise quedarme a vivir dentro de aquella oración para siempre. Como si cada palabra barriera lentamente el polvo del miedo acumulado durante años. Como si el Espíritu Santo hubiera entrado descalzo en mi mente para abrir las ventanas y dejar salir todas las sombras que yo había confundido con la verdad. Y entonces comprendí algo: cuando expandimos la conciencia, el sufrimiento deja de parecer un castigo y se convierte en un mensaje. El malestar no venía a destruirme. Venía a mostrarme las mentiras que todavía seguía creyendo. Y cuando ya no podemos sostener el miedo solos, Dios siempre encuentra la manera de enviarnos una señal: a veces llega en forma de oración, a veces en forma de música, a veces en la voz de otro ser humano que, sin saberlo, se convierte en puente entre el cielo y nuestra herida. Porque el amor de Dios tiene la costumbre de aparecer justo cuando creemos que estamos perdidos.
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Karol Gómez
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@karol-gomez-8133
Aprendiendo

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