Llevo desde el miércoles por la tarde en modo "crisis existencial con pack completo". Una mezcla de gran soledad, ausencia de propósito y la sensación de que nada tiene sentido. No sé si eso tiene nombre clínico, pero lo que sí sé es que ha venido con todo incluido.
He llorado mucho. Y cuando digo mucho, digo mocos incluidos. Los detalles importan.
Me he preguntado quién soy, qué quiero, por qué nunca estoy en paz. Llevaba semanas con la sensación de estar en el mismo punto sin moverse, como uno de esos juegos en los que corres pero el escenario se repite. Eso pesa.
He rezado mucho al Señor, buscando guía o simplemente diciéndole «me entrego aunque no entienda nada», que es básicamente la versión espiritual de pulsar F5 cuando no sabes qué más hacer. El vacío seguía ahí. Pesado. No me reconocía.
Hoy sábado ha sido más de lo mismo. Llorando a mares, dolor en el pecho, mocos de nuevo (segunda sesión). Y por si fuera poco, estuve hora y media sentado con todo eso encima como el que va al dentista pero en versión interior y sin anestesia. Pero algo ha pasado mientras lo observaba: el dolor empezó a venir en oleadas. Subía, bajaba. Y entre ola y ola... un pequeño alivio. No mucho, pero real.
En un momento algo hizo plof. No sé explicarlo mejor. Las olas pararon. El vacío siguió, pero ya sin el peso aplastante. Fui a tender la ropa (las prioridades son las prioridades), y al volver me senté con ese silencio raro. Lo observé. Y me di cuenta de algo: en el silencio no había pensamiento. Solo descanso, aunque mínimo.
No sé si esto le sirve a alguien. No tengo conclusión bonita ni versículo perfecto. Solo sé que el vacío se siente más tranquilo que ayer, y que seguir eligiendo al Señor, aunque no lo vea ni lo sienta, parece ser lo único que tengo claro ahora mismo.
Tengo mucha necesidad de hacer, de moverme, de producir. Pero hoy me voy a dar el permiso de simplemente observarlo.
Si estás en algo parecido: las olas pasan. Y a veces el plof llega cuando menos lo esperas.