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La grieta dorada.
Sofía siempre pensó que estaba hecha de errores. Cada fallo era una marca, cada tropiezo una prueba de que no era suficiente. Un día encontró una pequeña taza rota en el mercado. Tenía una grieta que la atravesaba de arriba abajo, pero alguien la había reparado con un material dorado que brillaba bajo el sol. —Está más hermosa ahora que antes —dijo el vendedor. Sofía no lo entendía.—Pero está rota… El hombre sonrió.—Está sanada. Esa noche, Sofía soñó que era como aquella taza. Vio sus grietas: miedos, recuerdos, fracasos. Pero, en lugar de verse débil, notó algo nuevo: de cada grieta salía una luz suave. Una voz le susurró: —No eres valiosa a pesar de tus heridas. Eres valiosa también por ellas. Al despertar, se miró al espejo con otros ojos. Seguía teniendo imperfecciones. Seguía siendo humana. Pero por primera vez entendió algo esencial: No estaba rota. Estaba en proceso.🙏 Y ya era suficiente. ✨ ¿Que te ha surgido en la mente al leer esta historia??👇👇
El susurro detrás del ruido.
Cada noche, justo antes de dormir, a Lara le visitaban pensamientos que no había invitado: frases duras, imágenes grises, recuerdos que dolían. Parecían surgir solos, como un murmullo constante que no sabía apagar. Una noche, agotada, decidió probar algo distinto. Cerró los ojos y respiró lento, muy lento, como si descendiera por una escalera invisible. Con cada peldaño imaginario, su cuerpo se volvía más pesado y su mente más silenciosa. En ese estado extraño y cálido, apareció una voz. No venía de fuera, sino de dentro. —No eres tus pensamientos —dijo suavemente—. Eres quien los observa. Lara vio entonces una pantalla frente a ella. En la pantalla pasaban los malos pensamientos, uno tras otro, como una película vieja. Pero ahora tenía un control remoto en la mano. Presionó “pausa”. Los pensamientos se detuvieron. Presionó “bajar volumen”. Se hicieron susurros lejanos. Presionó “borrar”. La pantalla quedó en blanco. La voz volvió a hablar: —Cada vez que uno regrese, recuerda: tú eliges qué se queda. Cuando abrió los ojos, estaba en su cama. Todo parecía igual… excepto por una calma nueva. Esa noche, los pensamientos no desaparecieron para siempre, pero ya no tenían poder. Desde entonces, cada vez que el ruido regresa, Lara cierra los ojos, baja la escalera invisible y toma su control remoto. Y siempre recuerda: Ella no es el ruido. Ella es quien decide el silencio.
El espejo que aprendió a hablar
👉 Cada vez que Marcos se miraba al espejo, solo veía defectos. Su mente era rápida para señalar lo que faltaba… y lenta para recordar lo que ya era. 🙏 Una noche, cansado de sentirse así, cerró los ojos frente al espejo y respiró despacio. Muy despacio. Imaginó que su mente se volvía tranquila, como un lago sin olas. Entonces ocurrió algo extraño. Cuando abrió los ojos, su reflejo lo miraba con una expresión distinta. —No estás aquí para juzgarte —dijo el reflejo con voz suave—. Estás aquí para reconocerte. Marcos quiso hablar, pero su cuerpo estaba relajado, como si estuviera flotando. —Cada palabra que te dices es una orden —continuó el reflejo—. Elige bien cuáles repites. 🙌 El espejo empezó a mostrar escenas: momentos en los que había ayudado a alguien, veces que no se rindió, pequeños logros que había olvidado. —Mírate completo —susurró la voz—. No solo tus miedos. Marcos sintió algo nuevo crecer en su pecho: una calidez tranquila. —Repite conmigo —dijo el reflejo—: Soy suficiente. Estoy aprendiendo. Me respeto. Cuando parpadeó, todo volvió a la normalidad. Pero desde esa noche, cada vez que Marcos se mira al espejo, ya no escucha insultos. Escucha una voz firme y amable que dice: 🙏 Estoy creciendo. 💖 Me acepto. 💪 Y eso es poder.
La mente cuando no es empujada encuentra sola su ritmo.
En una ciudad construida sobre calles circulares, donde nadie recordaba exactamente dónde empezaba o terminaba el día, vivía Elías, un relojero silencioso. Su tienda estaba llena de relojes antiguos, de péndulos pacientes y agujas que giraban como si pensaran antes de moverse. Elías decía que solo arreglaba mecanismos, pero en realidad escuchaba el tiempo. Cada noche, cuando bajaba la cortina metálica, el murmullo de los relojes se volvía más lento, más profundo, como una respiración colectiva. No lo adormecía; al contrario, lo hacía sentir despierto de una forma distinta, como si su mente se acomodara en un lugar cómodo y conocido. Una noche de lluvia suave, mientras limpiaba un reloj que nunca marcaba la hora correcta, encontró un objeto que no recordaba haber guardado: un pequeño libro sin título, tibio al tacto. Al abrirlo, no vio letras, sino escenas que aparecían y se desvanecían lentamente, como sueños que no tenían prisa. Un lago inmóvil. Un camino de tierra bajo el sol. Una voz lejana que no decía nada importante, pero lo decía con calma. Elías se sentó. No porque estuviera cansado, sino porque el momento parecía invitarlo. Pasó las páginas sin contarlas. Cada imagen parecía ajustar algo dentro de él, como cuando un reloj finalmente encaja y deja de resistirse. No había órdenes, no había promesas. Solo una sensación de estar exactamente donde debía estar. Con el paso de los días, la ciudad comenzó a cambiar de forma imperceptible. Las personas caminaban un poco más despacio. Las conversaciones tenían más silencios cómodos. Incluso las campanas sonaban menos urgentes. Nadie hablaba del libro, pero muchos dormían mejor, recordaban con más claridad, o simplemente respiraban más hondo sin saber por qué. Una mañana, Elías abrió el libro y encontró las páginas en blanco. No sintió pérdida. Comprendió que el libro no enseñaba nada nuevo, solo ayudaba a recordar algo antiguo y sencillo: que la mente, cuando no es empujada, encuentra sola su ritmo. Guardó el libro, cerró la tienda y caminó por la ciudad circular sin preocuparse por el destino. Cada paso caía en su momento justo. Y el tiempo, por una vez, parecía escuchar.
Una Historia corta de como puede ser una hipnosis.
Ella no buscaba respuestas. Llegó porque el médico le había dicho que su dolor de cabeza no tenía causa física clara y alguien mencionó la hipnosis ericksoniana como quien menciona un camino lateral, sin prometer nada. El terapeuta no le pidió que cerrara los ojos. Le preguntó por su jardín. Elena habló de un limonero que había plantado su padre, de cómo al regarlo siempre se le olvidaba el tiempo. Mientras hablaba, notó que su respiración se hacía más lenta. El terapeuta escuchaba y, de vez en cuando, decía cosas que parecían comentarios sueltos: que a veces los árboles saben cuándo soltar un fruto, que el cuerpo también aprende a soltar tensiones antiguas. No hubo inducción formal ni órdenes directas. Solo historias dentro de historias. Ella recordó una tarde de infancia, sentada a la sombra, sin prisa. En algún punto dejó de hablar. El silencio no era incómodo; era fértil. Cuando se levantó para irse, el dolor seguía ahí… pero distinto, como si ya no ocupara todo el espacio. Días después, se dio cuenta de que aparecía menos, y cuando lo hacía, ella misma encontraba maneras de aliviarlo: caminar, respirar, parar. Nunca supo decir exactamente “qué hizo” la hipnosis. Y eso estaba bien. Como el limonero, algo en su interior había entendido el momento adecuado para cambiar.
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