Ella no buscaba respuestas. Llegó porque el médico le había dicho que su dolor de cabeza no tenía causa física clara y alguien mencionó la hipnosis ericksoniana como quien menciona un camino lateral, sin prometer nada.
El terapeuta no le pidió que cerrara los ojos. Le preguntó por su jardín. Elena habló de un limonero que había plantado su padre, de cómo al regarlo siempre se le olvidaba el tiempo. Mientras hablaba, notó que su respiración se hacía más lenta. El terapeuta escuchaba y, de vez en cuando, decía cosas que parecían comentarios sueltos: que a veces los árboles saben cuándo soltar un fruto, que el cuerpo también aprende a soltar tensiones antiguas.
No hubo inducción formal ni órdenes directas. Solo historias dentro de historias. Ella recordó una tarde de infancia, sentada a la sombra, sin prisa. En algún punto dejó de hablar. El silencio no era incómodo; era fértil.
Cuando se levantó para irse, el dolor seguía ahí… pero distinto, como si ya no ocupara todo el espacio. Días después, se dio cuenta de que aparecía menos, y cuando lo hacía, ella misma encontraba maneras de aliviarlo: caminar, respirar, parar.
Nunca supo decir exactamente “qué hizo” la hipnosis. Y eso estaba bien. Como el limonero, algo en su interior había entendido el momento adecuado para cambiar.