La mente cuando no es empujada encuentra sola su ritmo.
En una ciudad construida sobre calles circulares, donde nadie recordaba exactamente dónde empezaba o terminaba el día, vivía Elías, un relojero silencioso. Su tienda estaba llena de relojes antiguos, de péndulos pacientes y agujas que giraban como si pensaran antes de moverse. Elías decía que solo arreglaba mecanismos, pero en realidad escuchaba el tiempo.
Cada noche, cuando bajaba la cortina metálica, el murmullo de los relojes se volvía más lento, más profundo, como una respiración colectiva. No lo adormecía; al contrario, lo hacía sentir despierto de una forma distinta, como si su mente se acomodara en un lugar cómodo y conocido.
Una noche de lluvia suave, mientras limpiaba un reloj que nunca marcaba la hora correcta, encontró un objeto que no recordaba haber guardado: un pequeño libro sin título, tibio al tacto. Al abrirlo, no vio letras, sino escenas que aparecían y se desvanecían lentamente, como sueños que no tenían prisa. Un lago inmóvil. Un camino de tierra bajo el sol. Una voz lejana que no decía nada importante, pero lo decía con calma.
Elías se sentó. No porque estuviera cansado, sino porque el momento parecía invitarlo. Pasó las páginas sin contarlas. Cada imagen parecía ajustar algo dentro de él, como cuando un reloj finalmente encaja y deja de resistirse. No había órdenes, no había promesas. Solo una sensación de estar exactamente donde debía estar.
Con el paso de los días, la ciudad comenzó a cambiar de forma imperceptible. Las personas caminaban un poco más despacio. Las conversaciones tenían más silencios cómodos. Incluso las campanas sonaban menos urgentes. Nadie hablaba del libro, pero muchos dormían mejor, recordaban con más claridad, o simplemente respiraban más hondo sin saber por qué.
Una mañana, Elías abrió el libro y encontró las páginas en blanco. No sintió pérdida. Comprendió que el libro no enseñaba nada nuevo, solo ayudaba a recordar algo antiguo y sencillo: que la mente, cuando no es empujada, encuentra sola su ritmo.
Guardó el libro, cerró la tienda y caminó por la ciudad circular sin preocuparse por el destino. Cada paso caía en su momento justo. Y el tiempo, por una vez, parecía escuchar.
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Ana Isabel Amilibia
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La mente cuando no es empujada encuentra sola su ritmo.
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