El susurro detrás del ruido.
Cada noche, justo antes de dormir, a Lara le visitaban pensamientos que no había invitado: frases duras, imágenes grises, recuerdos que dolían. Parecían surgir solos, como un murmullo constante que no sabía apagar. Una noche, agotada, decidió probar algo distinto. Cerró los ojos y respiró lento, muy lento, como si descendiera por una escalera invisible. Con cada peldaño imaginario, su cuerpo se volvía más pesado y su mente más silenciosa. En ese estado extraño y cálido, apareció una voz. No venía de fuera, sino de dentro. —No eres tus pensamientos —dijo suavemente—. Eres quien los observa. Lara vio entonces una pantalla frente a ella. En la pantalla pasaban los malos pensamientos, uno tras otro, como una película vieja. Pero ahora tenía un control remoto en la mano. Presionó “pausa”. Los pensamientos se detuvieron. Presionó “bajar volumen”. Se hicieron susurros lejanos. Presionó “borrar”. La pantalla quedó en blanco. La voz volvió a hablar: —Cada vez que uno regrese, recuerda: tú eliges qué se queda. Cuando abrió los ojos, estaba en su cama. Todo parecía igual… excepto por una calma nueva. Esa noche, los pensamientos no desaparecieron para siempre, pero ya no tenían poder. Desde entonces, cada vez que el ruido regresa, Lara cierra los ojos, baja la escalera invisible y toma su control remoto. Y siempre recuerda: Ella no es el ruido. Ella es quien decide el silencio.