Una reflexión en voz alta. Pero como esto va de escribir, me lo intento currar un poco. Este fin de semana he estado en Venecia. Cumplí 50 años y mi regalo fue un viaje en familia con todos (mujer y 6 hijos/as). Ya sabéis lo que se dice de Venecia… La ciudad romántica por excelencia. Las góndolas. Los canales. Los puentes. La promesa de comida italiana increíble en cada esquina. Seguro que os suena. Durante años he tenido esa imagen en la cabeza. Probablemente como casi todo el mundo: películas, fotos, Youtube, Instagram… Todo te vende la misma idea: Venecia es uno de los lugares más mágicos del mundo. Antes de ir, mi mujer y mis hijos estuvieron viendo decenas de vídeos en YouTube sobre la ciudad. Desde guías de viaje hasta Youtubers “serios” con recomendaciones de qué ver y dónde comer. Y curiosamente ninguno cuenta la Venecia que hemos vivido. Porque, aunque sea algo subjetivo, creo que hay cosas que saltan a la vista. Para empezar, la ciudad huele a cieno. A pantano. A agua estancada. No es algo dramático, pero choca, porque está ahí constantemente. Y sin embargo… de eso tampoco habla nadie. Es una ciudad bonita. Hay rincones espectaculares. Pero en muchos momentos la sensación era más bien la de estar dentro de un parque temático gigante. Y lo peor es que no puedes escapar del circuito. Es como la primera vez que vas a un Ikea y tienes que tragarte hasta las putas lámparas de mesita para poder ver la salida. Al no haber coches, ni bicis, ni patines, todo ocurre en un sistema de islas con limitaciones físicas muy claras. El espacio es limitado y estás atrapado. Me recordó a estar en Port Aventura sin agua, donde sabes que si quieres un refresco te van a cobrar un riñón…, porque no tienes otra opción. Incluso los locales parecen vivir en una rara relación de amor-odio contigo: te ponen la mejor cara para venderte lo que sea, pero creo que te odian por dentro cuando no pueden cruzar dos canales para ver a un amigo porque nosotros, los turistas, colapsamos sus callejones.