Llega el momento.
Ese momento pausado, escondido,
cuando la niña se marchitó.
¿Fue repentino?
Era un proceso tranquilo,
a veces feroz y dinámico,
pero inexorable.
Pronto aprendió a ocultarlo.
¿Miedo?
¿Cobardía?
No, nada más lejos de la realidad,
supervivencia.
Pronto aprendió a no destacar.
La invisibilidad era su mejor amiga.
Pronto dejó de regar su potencial.
Lo trabajaba a escondidas y disfrutaba ese mundo
que no estaba en la realidad que vivía.
Pedía permiso para pertenecer.
Le negaban la entrada.
Se marchitaba más.
Dejó de exponerse,
dejó de pedir permiso.
Si era aceptada, entraba,
si no, seguía su camino.
Pero su vida seguía viva,
cada vez más profunda,
y se evadía a ese mundo de fantasía.
Era quien quería, creaba, reía y jugaba,
no había límite,
hasta que abría los ojos.
Mirada de muerte en vida.
Leía el fondo de cada ser,
aprendió pronto,
creó su armadura.
Su imagen era de seguridad y confianza
cuando en verdad
solo quería llorar y sentirse querida.
Hoy renace.
Deja atrás todo lo pasado.
Empieza a regar de nuevo.
¡Oh! observa asombrada,
no estaba muerto.
Estaba esperando su momento.
Gracias a ese tiempo ahora reverdece,
con raíces más firmes, más profundas y gruesas.
Ahora no teme ser juzgada.
Redescubre su valor para empezar a cobrarlo.
Hoy llora,
no lágrimas de tristeza,
llora de alegría por haberse reencontrado.
Hoy esa niña marchita le sonríe agradecida.
Agradece volver a ser niña
y yo la abrazo con amor
y la bendigo por haberme protegido.
Hoy ya puede jugar, reír y crear
porque ahora cada una ocupa su lugar.