Quiero decirle a mi niña interior
que he vuelto para tomar las riendas.
Ya no hay miedo a las arañas ni a los ratones,
y he mirado bajo la cama y en los armarios oscuros:
solo había polvo y sombras que ya no asustan.
Quiero decirle que levanté la frente,
que lo hemos logrado.
Tengo el título, el coche y el trabajo que querías.
Y el regalo más grande: una hija.
Quiero contarle que los años trajeron despedidas.
Se fue el perro y tres más, se fue mi mago,
-mi padre querido-
Pero he aprendido a transitar el duelo
y a hacerme fuerte en la grieta,
aunque a veces, lloro.
Te confieso que te extraño:
Tu inocencia, tu risa espontánea,
esa forma de crear mundos enteros.
Pero te prometo que aún soy tú:
me entretengo con los charcos,
colecciono piedras y miro las canicas a contraluz,
saboreo el regaliz y me maravillo con mis dedos
arrugados después del baño.
Por eso escribo, niña mía:
para que sigas viviendo en mí.