El retiro movió cosas que llevaba tiempo posponiendo. No terminaba de dar el paso.
Sábado santo. Comida con mi padre, mi madrastra y mi hermanastra. De forma natural salió una conversación sobre espiritualidad, la primera que teníamos entre nosotros. Abierta, cercana, sin forzar nada. Como nota: mi hermanastra es sexóloga, estuvo a punto de meterse a monja de clausura, y eso le duró una semana sin móvil. Los caminos del Señor.
Después de comer, mientras caminábamos, supe con claridad lo que quería hacer. Llevaba tiempo sintiendo que necesitaba decirle a mi padre que le quiero. No como algo que se sobreentiende, sino decirlo de verdad.
Esta vez no lo pospuse. Me acerqué en mitad de la calle, le abracé y se lo dije: “gracias, te quiero”. Sentí una liberación inmediata, como soltar algo que llevaba tiempo cargando sin darme cuenta. Nos quedamos abrazados un rato. Mi madrastra me contó después que se había emocionado hasta llorar al vernos.
Al irme, noté que quería llorar, pero había algo que se resistió. La emoción estaba ahí, pero no terminé de soltarla del todo. Todavía se está moviendo.
Y hoy, domingo de Resurrección... no sé si por azar del destino o porque Hermenegildo decidió hacer su propia resurrección por las vías respiratorias: estoy moqueando y estornudando. Así que o resucito o confirmo que era humano. De las dos formas algo aprendo.