Los días anteriores seguí quedándome dormida prácticamente al comenzar la meditación. Incluso me di cuenta de que no estaba escuchando realmente las palabras; escuchaba la voz y la música y eso era suficiente para quedarme dormida. Anoche fue diferente. Logré acostarme más temprano y, por primera vez esta semana, escuché conscientemente la meditación completa. Conforme fui entrando en ella, la experiencia corporal se volvió bastante incómoda. Comencé a percibir mi cuerpo muy pesado y con una sensación intensa de inflamación interna. Sentí mucha resistencia en el pecho y en las manos; apareció algo de dolor y las manos comenzaron a adormecerse. La respiración fue lo que más me llamó la atención. No conseguía hacerla profunda ni sentir que podía expandir completamente los pulmones. Conforme avanzaba la meditación, percibía esa sensación interna de inflamación y peso como si redujera cada vez más el espacio disponible para respirar. Hubo un momento en que sentí que me ahogaba; al toser sentí que algo se liberó, aunque mi respiración continuó sintiéndose limitada. Hubo una expresión muy clara para describir lo que experimenté: “me sentí prisionera dentro de mi propio cuerpo”. Sabía que podía moverme, pero permanecer en la calma que proponía la meditación me hizo muy consciente de esa incomodidad. Al terminar tenía un ligero dolor de cabeza hacia la nuca y percibí algunos pequeños piquetes. Sin embargo, ocurrió algo aparentemente muy sencillo que cambió por completo el cierre de la experiencia: escuché “buenas noches”. No recuerdo cuándo fue la última vez que alguien me dio las buenas noches. Escucharlo me desarmó. Después de toda la incomodidad, se sintió bonito. Me quité los audífonos, me di incluso el tiempo de guardarlos y finalmente pude disponerme a descansar.🌱✨️