Roselos no vino a esta entrevista a quedar bien. Su libro empieza advirtiendo a quien lo abre que si busca consuelo, mejor lo cierre. Conversamos sobre la rumiación —el hábito que dedica trece capítulos a desenmascarar— y sobre por qué eligió un cadáver, y no un término clínico, para nombrarlo. Periodista: Empecemos por el título. “El cadáver que sigues alimentando” es una imagen muy fuerte para algo que en psicología se llama simplemente “rumiación”. ¿Por qué necesitabas esa imagen en particular? Roselos: Porque “rumiación” es una palabra que se observa desde lejos, como quien lee un diagnóstico ajeno. El cadáver no te deja esa distancia. Necesita que alguien lo cargue, lo saque, lo alimente activamente para que siga presente en la mesa. La palabra “alimentando” es la que hace todo el trabajo: no dice que algo malo te pasa por las noches, dice que tú eres quien se levanta a darle de comer. Cambia al lector de espectador a participante. Y ese cambio es incómodo a propósito. Periodista: Desde el prólogo avisas que este no es un libro que “se anda con dulzura”. Hay quien podría leer eso como un riesgo: ¿no es peligroso ser dura con alguien que ya está sufriendo? Roselos: Confrontar y lastimar no son lo mismo, aunque a veces se sientan parecido desde adentro. Yo no le entro al dolor de nadie; le entro al hábito que lo mantiene fresco cada noche. Y hay algo que casi nadie dice en voz alta: la amabilidad que nunca te contradice también tiene un costo. Decirle a alguien que su sufrimiento es sagrado y que darle vueltas es prueba de sensibilidad no lo alivia, lo deja exactamente donde estaba, solo que más cómodo ahí. Eso también es una forma de abandono, nada más que con mejores modales. Periodista: En el capítulo dos escribes que “el cerebro no quiere paz, quiere trabajo”. Es una explicación casi biológica del problema. ¿No corres el riesgo de que el lector la use como excusa: “no es mi culpa, es mi cerebro”? Roselos: Entender el mecanismo no es lo mismo que quedar absuelto de él. Saber que la alarma de tu casa está mal calibrada no la apaga sola; sigue sonando. Lo que cambia es tu relación con el ruido: dejas de tratarlo como una verdad urgente y empiezas a tratarlo como lo que es, un reflejo viejo que ya no aplica. Esa distinción no te quita responsabilidad, te la devuelve, pero en otro lugar: ya no eres responsable de que suene la alarma, eres responsable de qué haces cuando suena.