Existieron, sí, tiempos -ahora lo recuerdo- en los que abiertas las ventanas se colaban, con su aleteo eléctrico grandes mariposas nocturnas. Tiempos en los que la paz tenía nombre propio, certeza la palabra, la ansiedad consuelo y cobijo. Las mariposas miraban el mundo con los ojos borrosos de sus alas. Y llegó la consciencia del dolor; dolor de tantos, de todos, de siempre. Llegó repentina, furiosa, tornados de preguntas sin respuestas, salvo las obvias, las que siempre había querido orillar: la indeterminación siempre cruel, las ecuaciones de lo cuántico, mariposas efímeras, vacíos que fluctúan, rugir de colisiones, la vida como evento irrelevante. Primero se instaló la duda, más tarde la evidencia, y todo lo que has estado creyendo es ya una negación, una certeza perforada, ojos gigantes de un tacto suave que miran la gran ausencia de frente respirando entre las fracturas de tiempos que se enfrentan hasta el fin. Un final con paz para todos, la gran paz del no ser enfriándose hacia el cero absoluto. Ahora la ciudad y el clima han cambiado; ya no hay grandes mariposas nocturnas que se cuelen, aunque yo sigo recordando su vuelo y dejo por la noche mis ventanas abiertas.