En general, me cuesta parar por la tarde-noche. Creo que como premio de consolación por un día malo o demasiado cansado. Otras veces, como incentivo para afrontar tareas emocionales difíciles. Un ejemplo: entrar por la puerta de un hospital para cuidar a un familiar enfermo en una situación difícil. Sin hambre, dirigirme a la máquina de chocolatinas para buscar una energía que no tenía. Se convirtió en rutina: turno en hospital = chocolatina. Cargada de razones para justificarme a mí misma. Cargada de calorías y de culpa.