Me entran dudas muchas veces, dudas de este camino. Hay veces que esas dudas son intensas y me hacen zozobrar. Las semanas de final de agosto han sido un poco así, desalentadoras. Mi hija es bailarina de clásico, hace algunos años tuvo una crisis con la danza y lo dejó. Con el tiempo, y tras terminar un grado en ciencias políticas y relaciones internacionales, decidió que no se reconocía a sí misma sin bailar, así que montó su propia compañía de danza para experimentar desde otro lugar, y se reconcilió con la danza creando sus propias obras, se enamoró del neoclásico y de la danza contemporánea. Un camino súper complejo, quizá de todas las artes, la danza sea el hermano más vulnerable. A pesar de lo tortuoso del camino, ahora le van bien las cosas, está logrando cumplir su sueño, tiene bolos, actúa en Teatros, ha recibido premios y está logrando vivir de ello. Durante estos años de echar a andar su proyecto, cuando le entraban las dudas y la desazón, tenía un mantra para sostenerse en el camino: “Cree en la obra”. Lo tiene escrito en el espejo de su habitación. De repente, en estas dudas mías de estas semanas, su mantra me removió una noche de insomnio en forma de inspiración que ha culminado en esta obra. Una obra de ella, de mi hija Alejandra, que ha vuelto a inspirarme, a centrarme y a que tenga ganas de ser mejor. Que me ha vuelto a entusiasmar con este hermoso camino. “De esos patrones geométricos donde todo es uniforme, perfecto y sin perspectiva, emerge un espíritu libre a punto de danzar, una belleza rebelde y auténtica. Al fondo, una vieja pared que aún respira la verdad, en el suelo, el reflejo de un cuerpo que desafía al mundo con la mirada”. Porque de eso se trata, de creer en la obra. Nada más y…nada menos. Y porque mi hija es, probablemente, la obra de mi vida. Gracias a todos por el apoyo todos estos meses. (100*60, sobre soporte de madera con geso. Grafito, acuarela y acrílico)