Mi ego me pide abrir puertas que me anestesian. Puertas que me alejan de mí, que me alejan de quien quiero ser en esencia. Son puertas atractivas, de colores, que brillan, que huelen de maravilla… Pero son puertas que atrapan, que ciegan, que envenenan. Son puertas llenas de luz, pero esa luz que atrae es la que ciega y ni te das cuenta. Ese olor tan maravilloso es el que te envenena sin notarlo y sin darte cuenta ya tienes el bicho dentro. Y todos esos colores son los que te atrapan, saltando de uno a otro, entrando en un bucle del que es imposible salir, queriendo huir, pero permaneciendo atrapado. La puerta de mi intuición es silenciosa, discreta, va despacito, dentro todo va a cámara lenta. No llama la atención, pero asegura avanzar, garantiza un futuro por construir. Al abrir veo obstáculos al fondo y quiero ir por ahí porque sé que lo superaré, pero llegan por detrás los rayos de la puerta del ego. Quiero abrir la puerta de mi intuición, pero necesito algo de tregua… Igual el fallo es pensar que la tregua me la da la puerta del ego… Cuando necesite tregua… ¿Qué paso necesito dar ahora? Uno que me acerque a encontrar la paz dentro de mí. La puerta de ego solo mi anestesia. Yo necesito encontrar la paz dentro de mí. Tocará buscar la tregua en otra puerta que marque mi intuición. El paso que quizá necesite entonces no sea buscar paz en una puerta intensa, sino buscar descanso en una puerta segura. Mil gracias por hacerlo tan visual con el ejemplo de las puertas.