Hoy, al comenzar mi meditación, algo dentro de mí se rompió. Perdí el ritmo de la respiración porque empecé a llorar sin poder evitarlo. No eran solo lágrimas. Era como si una parte de mí, que llevaba demasiado tiempo en silencio, por fin encontrara la fuerza para gritar todo lo que sentía, todo lo que necesitaba expresar. Mi cuerpo escuchó ese grito. Lloré con una intensidad que incluso sentía dolor en los dientes, como si la tensión acumulada hubiera encontrado por fin una salida. No luché contra ello. Simplemente dejé que ocurriera. Poco a poco, la respiración volvió. La calma regresó sin que tuviera que buscarla. Cuando terminó la meditación, permanecí un rato acostada, en silencio. Mi mente se sentía ligera, despejada. No porque todos los problemas hubieran desaparecido, sino porque había dejado de cargar, aunque fuera por un instante, con todo aquello que llevaba dentro. Hoy comprendí que, a veces, meditar no consiste en encontrar paz desde el primer minuto. A veces consiste en permitir que el dolor salga, para que el silencio pueda entrar. Y eso también es sanar 🌸🌸🌸🌸🌸