Durante mucho tiempo me costó decir que no.
Decía que sí para no incomodar.
Decía que sí para que no se enojaran.
Decía que sí para no perder oportunidades.
Decía que sí para que todo funcionara.
Decía que sí para que me quisieran.
Y sin darme cuenta, me llené de cosas que no quería hacer.
Más trabajo del necesario.
Más responsabilidades de las que me correspondían.
Más problemas que no eran míos.
Más cansancio.
Más ansiedad.
Con los años entendí algo importante:
Decir que sí a todoes decirte que no a ti.
Hoy me sigue costando,
pero aprendí que decir que no también es crecer.
No a reuniones innecesarias.
No a proyectos que no van conmigo.
No a personas que solo quitan energía.
No a decisiones que no me hacen bien.
Decir que no no te hace mala persona.
Te hace más consciente.
Y mientras más claro tienes lo que quieres,
más necesario se vuelve poner límites.