Hay un patrón que la mayoría seguimos en algún grado sin darnos cuenta: esperar a que las cosas se rompan para movernos.
El cuerpo que no cuidas hasta que enferma. La relación que no cierras hasta que se quiebra sola. El trabajo que no abandonas hasta que el sistema te expulsa. El hábito que no cambias hasta que toca fondo.
Es un sistema que funciona — la gente que lo hace cambia su vida. Lo que no se dice es lo que cobra. El precio del cambio por ruptura nunca es el que estaba en el cartel. Se paga en piezas de uno mismo que no se querían perder.
Acabo de publicar el vigésimo segundo post en el blog. Va sobre las dos formas de cambiar — la rota y la consciente —, sobre el coste real de cada una, y sobre qué se puede hacer para no llegar siempre tarde.
¿En qué área de tu vida llevas tiempo viendo que algo necesita cambiar y estás esperando a que la cosa se rompa por sí sola?