«Prescindible» Hace algunos años trabajé con una empresa fuerte en su sector —no la más grande, pero con un crecimiento acelerado gracias a una estrategia poco común: atacar los flancos y las periferias que los grandes competidores dejaban descuidadas. Como muchas empresas en el país, era familiar; y como en muchas empresas familiares, las decisiones recaían directamente en el dueño. Era joven, inteligente y hábil. El mercado y su entorno se lo hacían saber constantemente: recibía buenos comentarios y los resultados lo respaldaban. Pero esa misma seguridad, alimentada desde afuera, lo llevó a rodearse de un equipo mediocre. No porque no pudiera conseguir a mejor gente, sino porque —sin decirlo así— cualquier equipo le funcionaba, ya que al final él terminaba resolviendo. Había muchas reuniones, pero poca renovación generacional año con año. La empresa crecía, pero crecía alrededor de él, no de forma independiente. 📌 El marco: cuando el dueño se convierte en el negocio Michael Gerber, en El mito del emprendedor, plantea algo incómodo: la mayoría de los negocios pequeños no los funda un empresario, los funda un técnico con un ataque de espíritu emprendedor. Alguien muy bueno haciendo algo específico que asume, sin darse cuenta, que saber hacer el trabajo es lo mismo que saber dirigir un negocio que hace ese trabajo. Gerber dice que toda empresa necesita tres roles, encarnados al inicio en la misma persona: el Técnico (hace el trabajo, vive en el presente), el Gerente (ordena, sistematiza, vive corrigiendo el pasado) y el Emprendedor (visiona, vive en el futuro). El problema aparece cuando el Técnico domina a los otros dos. El dueño de este caso era, ante todo, un Técnico extraordinario —y como nadie hacía el trabajo tan bien como él, terminó convirtiéndose en el negocio entero. Ya hablamos en un episodio anterior del liderazgo situacional: cómo adaptar tu estilo de liderazgo según qué tan capacitado y motivado está tu equipo. Este caso plantea la pregunta previa: ¿tu negocio puede funcionar sin ti sentado ahí?