Una historia de fantasía nacida de algo tan cotidiano como comer papas fritas. Estaba comiendo papas fritas cuando, de repente, mi imaginación decidió que aquel no sería un almuerzo cualquiera. Entre una papa y otra, apareció una puerta diminuta. No estaba allí cuando llegué. De eso estaba segura. Era una puerta antigua, tan pequeña que apenas parecía capaz de guardar un secreto. Tenía una cerradura y, junto a ella, una llave. Una llave hecha de papa frita. La tomé entre mis dedos. Era ridículo, por supuesto. Pero hay cosas que no necesitan tener sentido para despertar nuestra curiosidad. Introduje la llave en la cerradura y la giré. La puerta comenzó a abrirse muy despacio, con ese quejido de madera vieja que parece protestar después de demasiados años sin que nadie la moleste. Y entonces sucedió. De la pequeña abertura salió un dragón. Era diminuto, de un azul intenso mezclado con verde aguamarina. Sus alas brillaban mientras revoloteaba sobre nuestra mesa. Levantó el vuelo, recorrió el restaurante y pasó entre las personas que comían tranquilamente. Todos lo vieron. Algunos dejaron caer los cubiertos. Otros permanecieron inmóviles, con la boca abierta. Yo seguía sosteniendo una papa frita. El dragón dio otra vuelta, cada vez más alto, cada vez más rápido. Y comenzó a crecer. Primero alcanzó el tamaño de un perro. Después, el de una persona. Sus alas se extendieron de pared a pared y, en cuestión de segundos, se había convertido en una criatura inmensa que apenas cabía dentro del restaurante. Nadie se atrevía a moverse. Yo lo miré. Él me miró. Y entonces comprendí algo. Las papas fritas nunca habían sido solamente papas fritas. Eran la llave de mi imaginación. Y aquella puerta, que unos minutos antes no existía, llevaba mucho tiempo esperando a que yo decidiera abrirla. ¿Qué voz narrativa utilicé? Primera persona — narradora protagonista. Elegí contar esta historia desde el «yo» porque quería que el lector descubriera el dragón al mismo tiempo que yo, sin explicaciones previas ni advertencias.